En el mes de Enero conoci un correo-electronico en cadena que se titulaba de la siguiente manera: 10 razones para no ser historiador (ni estudiar Historia), este mensaje lo reenvie en ese mismo mes ,me causo cierta curiosidad ante la falta de una argumentacion que acompañara cada razon. Posteriormente llegue a conocer un blog de un polemico historiador español quien resulto siendo el autor de estas justificaciones y otra serie de reflexiones que apuntan muy seguramente al panorama de incertidumbre que nos toca a los historiadores al momento de enfrentar nuestra responsabilidad personal, profesional y social en la busqueda de un trabajo digno y meritorio a nuestra formacion.
De esta forma dejo a juicio de uds este material con las respectivas argumentaciones (hasta el momento ha publicado en la internet 4 argumentos) de este Historiador; reconociendo cierta concordancia con muchos de los argumentos expuestos por este señor, quien en su blog afirma: "lo que me motiva más a escribir estas líneas es nuestra catastrófica situación laboral y la escasa actividad innovadora de los historiadores, y no tanto la satisfacción por de haber cursado estos estudios o de haber investigado" .
att: Estudiante X de Historia.
10 razones para no ser historiador (ni estudiar Historia)
Enviado el jueves, 21 de septiembre de 2006 7:16
1. Porque la Historia es adictiva.
La historia es una ciencia apasionante. Es el laboratorio donde se analiza la experiencia pasada de los hombres. Comprendemos de donde venimos, nos entendemos mejor a nosotros mismos reflejados en aquellos que nos antecedieron, y nos dan pistas sobre por donde irá el futuro. Es una inmensa fuente de conocimiento. Y además divertida porque satisface un vicio humano: la curiosidad.
¿Cómo no sentirse atraído por ella? A millones de personas les pasa. Muchos grandes historiadores eran de formación médicos, militares o abogados, o gente con menos estudios. Mucha gente se siente hoy fascinada por la novela histórica. Los políticos manejan la historia para argumentar sus propuestas…
A muchos nos ha pasado: cuando más comprendemos el pasado mejor comprendemos nuestro mundo. Estamos enganchados, y deseamos saber más. Estamos tan atrapados por la historia que hasta algunos de nosotros decidimos dedicar nuestra vida a ella … condenándonos sin remedio.
2. Porque esta ciencia está dirigida por una jerarquía elitista, egoista y prepotente.
El mundo de la historia científica tiene su sistema, su “establishment”. Son pocos, poderosos, y conscientes del cerrado mercado en el que se mueven. No tienen que rendir cuentas a nadie, ni a inspectores de trabajo, ni a ministerios, ni a la sociedad. Si un departamento universitario condena al desempleo al 90% de cada promoción anual no es un escándalo que salta a la prensa. Si un director de un centro no desarrolla proyectos con empresas para dar salida profesional a la investigación pura nadie le releva de su cargo.
Por eso, impunemente, pueden explotar para su beneficio a estudiantes, becarios, recién titulados y profesores con contratos precarios. La vaga promesa de que un día les favorecerán en un eventual proceso de selección basta para tener a un ejército de trabajadores tirando del carro de la historia profesional.
3. Porque la comunidad de historiadores es aristocrática y endogámica.
“Curiosamente”, una gran parte de los historiadores e investigadores que he conocido en la élite (ya sea dirigiendo el sistema o en las puertas de entrar en él) pertenecían a clases sociales altas, poderosas, y sin problemas económicos. Cuando rascabas en el pasado de muchos profesores titulares, catedráticos, y políticos científicos descubrías, oh casualidad, que habían disfrutado de una educación privilegiada en caros colegios privados, y que por medio de su familia podían acceder a una rica red de contactos que, a su vez, podían colocarlos por la vía rápida en puestos importantes. Con estos trampolines puede explicarse como una persona como ellos podía hablar dos idiomas con 22 años, mientras que el que esto escribe, y con la misma edad, sólo dominó el inglés cuando consiguió una beca para estudiar en Gran Bretaña. Y ese mismo trampolín explica como yo no podía abrir nuevas líneas de investigación en mi departamento mientras otros ascendían como cohetes a “su puesto” de profesor titular por saber (y poder) moverse en los vericuetos de la política universitaria.
Resultado. Pues que me hice doctor en un lugar donde “tal” persona era hijo de un importantísimo escritor, que además tenían amplios contactos con un importantísimo partido político, y que además era amigo personal de un ex-presidente de una comunidad autónoma. Por allí cerca pululaban hasta tres matrimonios en que marido y mujer eran, oh casualidad, catedrático y profesor titular. Por acullá campaba un docente que era hijo de otro insigne profesor universitario y que seguía viviendo de aquellas rentas. Y otro pez gordo con el que traté despreciaba a sus alumnos porque con 20 años no sabían alemán, mientras que él había aprendido alemán y latín y más gracias a la carísima educación que sí le había podido pagar papá.
La élite que dirige la universidad y la investigación en España está compuesta, en gran medida, por personas como estas. Gracias a su espléndida educación y contactos privilegiados tejen su propia red, y dentro de ella monopolizan las políticas y los escasos puestos de trabajo que generan. Y en vez de poner su inmensa autoridad y formación al servicio de nuestras ciencias la usan para consolidarse en el poder, manipulando a los demás para tener ellos las manos libres y poder hacer lo que quieran. Los demás quedamos fuera.
Por eso en la comunidad de los historiadores, y seguramente la de otros campos científicos, hay endogamia. O priman las relaciones paterno-filiales, o las de pareja, o las de vasallaje, porque si has nacido fuera de la élite (el 95% de todos nosotros) una de las muy pocas maneras de incorporarte a ella es ser un fiel vasallo para servir a tu señor. Este, agradecido, puede que te enchufe en la administración, y si finalmente lo hace tú, agradecido, le servirás sin rechistar. Y así llegarás a tener un cargo, y podrás dedicarte a investigar lo que te gusta sin preocuparse ya de los demás. Y, ¿quién sabe?, quizás con el tiempo incluso conseguirás abrir una nueva casa nobiliaria en el mundo de la investigación, la tuya propia, para que tus hijos lleguen ya por derecho de sangre al puesto por el que muchos venden la dignidad.
4. Porque hay una competitividad enfermiza por las cuotas de poder y los escasos trabajos que ofrece el sistema.
O cuarta razón para no ser historiador (ni estudiar historia): Porque hay una competitividad enfermiza por las cuotas de poder y los escasos trabajos que ofrece el sistema.
Razón derivada de las razones 2 y 3. Si el mercado de trabajo privado es, a priori, reducidísimo (con excepción del educativo), y si el mercado de trabajo de la investigación es pequeño y controlado por una aristocracia que no rinde cuentas ni políticas ni económicas, el resultado es que los empleos en la investigación surgen con cuentagotas.
Ahí entran dos factores. Por un lado el factor tiempo, ya que si entre oferta laboral y oferta laboral pasan años nos encontramos con un atasco de candidatos. Y ese es el segundo factor, porque, ¿cómo distinguir al “mejor” candidato, al “namber güán” del “namber chu”? Verbigracia: si sale un puesto de investigador o de profesor en un departamento en el que no salía nada desde hacía 2 años podemos tener, internamente, una lista de candidatos que van desde el hijo del catedrático, al profesor asociado que cobra una miseria, al investigador que trabaja en otro sitio pero que colabora, al doctorando brillante, al becario recién incorporado… y seguramente todos con un currículum bastante respetable o hasta brillante. Añádase que la oferta de trabajo tenga publicidad y vengan candidatos de otras regiones, y hasta extranjeros, como pasa en Estados Unidos.
Una para todos, y todos para una. Y todos ansiosos, después de hacer méritos y esperar durante años.
A la hora de elegir al candidato primarán, por supuesto, los criterios de pertenencia a una élite, los de vasallaje al poderoso que controla el centro que convoca la plaza, y favores y deudas pasados. Pero eso queda al nivel de los que toman las decisiones. ¿Qué sucede al nivel de las hormiguitas, es decir, del suyo y del mío? Pues una competitividad enfermiza.
Muchísimas personas que hayan estado varios años en un departamento universitario habrán pasado la misma experiencia que yo. No se sabe por qué razón pero de repente te haces enemigos. Antiguos compañeros de estudios de repente te niegan la palabra, o te tratan con lejanía, con cuidado, cuando tú no has cambiado de manera de ser. Lógico: eres su competencia. Y al enemigo, ni agua.
Si un día hiciésemos un blog de surrealismo en la investigación (o una novela, porque hay material), el tema del cambio de personalidad daría para mucho. Yo llegué a tener una compañera (muy mediocre, además) que fue empezar el doctorado (sin beca) y, de repente, cambiar de vestuario para vestirse de “historiadora”. Había que distinguirse de la masa, porque si quería ser élite, como la mujer del César, había que parecerlo. Esto puede parecer gracioso, pero ¡oh sorpresa!, pasados los años esta personaje fue fiel vasalla de un jerifalte departamental que medio amañó una oposición en la que él era tribunal para darle el puestecito de funcionaria que deseaba. Hoy da clases de “cultura escrita”, y se casó con otro compañero de su departamento que también de repente dejó de dirigirme la palabra, y al que el mismo jerifalte medio enchufó de funcionario en la misma oposición. Endogamia de libro.
Tengo más batallitas. Cuando era becario de investigación el ambiente de trabajo cuando nos juntábamos 3 ó 4 en el seminario era tenso: cada uno a lo suyo, midiendo las palabras al máximo, desde el becario predoc, al postdoc, al profesor asociado, al contratado a tiempo parcial. Como los boxeadores que miden la distancia y el terreno. Cada uno a lo suyo, guardándose sus ases en la manga, defendiendo su territorio, no sea que diera pistas a la competencia. El summun era la comida de navidad del departamento, cuya asistencia era obligatoria porque si no se “enfadaba” el gran catedrático. Allí todos que si paz y amor, y en el fondo todos tensos porque no nos tragábamos entre nosotros, había que seguir guardando bien las cartas, y encima estaba el gran jefe supremo presidiendo y de él podía depender tu futura colocación.
En ese ambiente “Radio Macuto” es la principal fuente de información. Vienen rumores no se sabe de donde, y cuando llega a tus oídos lo que se dice de ti te quedas anonadado. Generalmente se te difama, se te acusa de tonterías, y todo para que tu nombre quede manchado y no entres en una posible lista de candidatos para una eventual plaza. Vale todo con tal de eliminarte de la competencia. De mi dijeron, por ejemplo, que era muy malo porque no fui, con el resto de la pandilla del departamento, al entierro del padre de un compañero becario con el que apenas tenía relación. Pero claro, o estás en el rebaño o eres la oveja negra.
De locos.
Resultado: grupos enfrentados e individualismo. En un entorno en el que se supone que se juntan muchos cerebros brillantes en vez de colaborar competimos hasta la muerte. Y, juntos, en el camino, nos destruimos.
Y así le va a nuestra disciplina. Mientras en las ciencias priman los equipos de trabajo en las humanidades, y no digamos la historia, prima el trabajo individual. Los proyectos colectivos, por esa falta de confianza, son inexistentes en España: no hay grupos de trabajo de historiadores, ni asociacionismo, ni empresas, ni grupos de presión, ni colegios profesionales que nos organicen. Los congresos son largas colas de ponentes que dicen uno a uno “lo que he hecho yo”. Son frecuentes los comentarios mi investigación, mis fuentes … mi plaza. Ni para luchar por nuestros derechos nos juntamos (una honrosa excepción son los "precarios", en el que apenas hay historiadores). En resumen, no hacemos nada memorable, solo colaboramos para la mediocridad.
Nuestra patético sentido de la competencia se hace todavía más miserable cuando comparamos la situación de las ciencias históricas con lo más dinámico e innovador de la ciencia y de la técnica que hay en la actualidad: la Red.
“Esta era emergente se caracteriza por la innovación colaborativa de mucha gente que trabaja en comunidades privilegiadas, al igual que la innovación en la era industrial se caracterizaba por el genio individual”
Irving Wladawsky-Berger, Vicepresidente de estrategia tecnológica e innovación de IBM. Citado en Th. Friedman, The World is Flat. A Brief History of the 21st Century, 2005, p. 93.
“¿Qué es una persona creatiligente? En primer lugar, las personas creativas e inteligentes deberán querer serlo, es decir, tener ganas y voluntad de apasionarse por las cosas interesantes que les rodean y colaborar en sus procesos de cambio e innovación. (…) También necesitarán una buena dosis de autoconocimiento que posibilite superar sus puntos más débiles y que permita robustecer redes de contacto emocional y social a su alrededor. (…) Tendrán que ser conscientes, más que nunca, de la importancia de la interdisciplinariedad. Ser ingeniero, economista o psicólogo está muy bien, pero los auténticos cracks se moverán en un terreno pantanoso: tecnología, humanidades, ciencia, arte, tendencias, viajes, hábitos, lecturas, Internet (…) La creatiligencia será propia de personas que sepan escuchar a los demás: stakeholders, clientes, proveedores, amigos, enemigos… Además, será extraordinariamente importante que sepan establecer redes de cooperación, más allá de la aburrida y muchas veces inútil competitividad exacerbada que ha caracterizado el pasado siglo.”
Franc Poti, profesor de EADA (Escuela internacional de Alta Dirección y Administración de empresas de Barcelona). Cita de “¿Creatiligencia? Explorando las complejas relaciones entre creatividad e inteligencia”, If. Revista de innovación 48 (diciembre 2006) , pp.30-33 (cita p. 33).
“El futuro será de coordinación de individuos creativos.”
Alfons Cornellá, “La aceleración como estado mental colectivo”, If. Revista de innovación 49 (enero 2007) , pp.17-23 (cita p. 23).
Mientras la Red, Internet, bulle de brillantes proyectos colaborativos (Wikipedia, Linux, software libre, Del.ici.ous) donde la gente, unida, crea riqueza y difunde cultura, libertad y democracia, nosotros, como bien dice Franc Ponti, seguimos viviendo en el siglo pasado.
5. Porque si no estás en la élite te espera la precariedad laboral.
6. Porque por su escaso prestigio profesional los historiadores somos despreciados socialmente.
7. Porque si quieres ser historiador estarás casi obligado a exiliarte de tu país.
8. Porque es una profesión que se está quedando descolgada del mundo de hoy.
9. Porque a pesar de lo negro que está el panorama los historiadores no nos movilizamos ni por nuestra dignidad, ni por nuestros derechos laborales, ni por ocupar un lugar digno en la sociedad.
10. Porque no hay esperanza. La gente que tiene el poder de cambiar las cosas ni lo ha hecho ni lo hará porque ya vive muy bien.
En los próximos artículos desarrollaré estas razones una a una.
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